Tal vez el 2014 no será recordado como un año de gran producción discográfica pero la ciudad de Buenos Aires fue testigo de shows inolvidables. Aquí un repaso de algunos de los grandes shows en la city de la mano de nuestro cronista musical, Adrián Mazzeo.

Texto: Adriano Mazzeo. Colaboró Agos Mazzeo en review Franz Ferdinand.
Fotos QOTSA: Beto Landoni
Fotos Damon Albarn: Tomás Correa Arce
Fotos Fishbone: Gimena Cuenca
Fotos Franz Ferdinand: Paloma Teseyra.
Fotos Spiritualized: Candela Gallo
Spiritualized, Teatro Vorterix, Buenos Aires. 24 de agosto de 2014.

Spiritualized, aquel misterioso acto para los ojos del gran público que se rendía embelesado por las maravillas del brit pop en los lejanos 90s, hoy en día prácticamente se reduce a la figura de su líder Jason “J. Spaceman” Pierce. Jason, con sus omnipresentes gafas de sol y unas zapatillas plateadas que agigantan su sobrenombre, es una suerte de hooligan sensible. Una mente de reacción finísima y conexión total con su corazón. Pierce no tiene mente y corazón: Pierce tiene “corante”. Ese casi exclusivo órgano/elemento corporal le permite entenderse a él mismo –y a su yo artístico- de manera tal que puede crear un monstruo acariciador como es este show, el “Acoustic Mainlines” donde junto al Rhodes de Tom Edwards, a un encantador coro gospel de cuatro chicas y a una emocionante sección de cuerdas revisita el cancionero de Spiritualized y agrega algunas versiones a destacar.

El resultado de esta aventura, probada hace ya un tiempo, sigue siendo el mismo: un triunfo por todo lo alto. Esta música, cruza de folk, con gospel, con ideas de rock pero llevadas al terreno del dream pop más cristalino, es mágica. Detiene el paso del tiempo, entre otras cosas. Es muy agradable quedarse parado en “ese” tiempo. Porque el pasar en este concierto responde a un par de variantes que te dejarán mejor parado que luego de un día de spa; ojos cerrados, bebida alcohólica en mano y ninguna responsabilidad más que disfrutar la magnífica belleza de piezas claves como “True Love Will Find You In The End” (de Daniel Johnston), “Ladies And Gentleman” o “Goodnight, Goodnight”.

Spiritualized en el Teatro Vorterix. Foto Candela Gallo

Fishbone, Uniclub, Buenos Aires. 20 de agosto de 2014.

La historia del rock n’ roll está plagada de fenómenos, pero pocos tan particulares como Fishbone. Oriundos de South Central, EL barrio marginal de Los Angeles a finales de los 70s y más adelante también, desde sus primeros pasos viven luchando contra las adversidades. Denunciando las desgracias de este mundo y como afroamericanos que son, sufriendo el racismo sistemático que sigue en plena forma en el gran país del Norte y el mundo entero. Luego de ver el recomendable documental sobre su historia y pudiendo compartir momentos con la banda, uno piensa: “¿por qué les cuesta tanto llegar a un lugar de mayor comodidad en el negocio de la música?”. La respuesta es una incógnita, al menos para un servidor. Es increíble que con el talento desbordante de sus miembros, tanto los originales como los nuevos, esa “comodidad” –y estoy lejos de referirme a limusinas, groupies y mansiones y demás pavadas como las que pueden tener decenas de músicos influidos por ellos- no aparezca. Pues ese dilema se hace polvo cada vez que puedo verlos en vivo. Porque a pesar de tocar en lugares pequeños, de llegar desde el aeropuerto al mismo boliche donde tocan, sin posibilidad de ducharse, con un catering básico que prácticamente no contempla que Norwood Fisher –el bajista- es vegetariano y con la obligación de exponerse probando sonido -detrás de un telón, sí- pero ante la sala a reventar de seguidores; a pesar de todo eso, los Fishbone sonríen, aún teniendo que parar de conversar para pensar y preguntar “Hey, wait! We are not in Chile, right?” (“¡Hey, esperá! ¿No estamos en Chile, no?”), gracias a un ritmo frenético de gira. El amor eterno por lo que hacen pareciera no dejarles pensar en estas “incomodidades” que, al fin y al cabo, valdrá la pena experimentar con tal de nutrirse del cariño y la energía de quienes los van a ver y de los que, con valentía, respeto y, por qué no, amor, apuestan a organizar un concierto de ellos.

La fiesta comenzó a las 22hs de un viernes de verano en pleno agosto. “Party at Ground Zero” fue el mejor puntapié posible, el público estalla en un mosh gigante de inmediato. Angelo Moore (voz, saxos y theremin) volaba de inspiración como siempre y a pesar de sus casi 50 años y sus cuatro recientes operaciones de rodilla, bailaba y arengaba como un demonio. Los otros veteranos de la banda, Walter Kibby (trompeta y voz) con su eterno groove en cámara lenta y su simpatía funky, y el gran Norwood Fisher (bajo y voz), también en plena forma, mostraban por qué se los considera unos de los creadores de la escena alternativa. A ver, sin Fishbone no hay Jane’s Addiction, no hay Primus, no hay Living Colour, no hay Red Hot Chili Peppers. Estos tipos son la inspiración de una legión de músicos y unos fans que atesoran haber sido picados por este bicho, el de la originalidad, el de lo impensado (¡músicos negros haciendo metal y ska en el mismo tema, desde los ochentas hasta hoy!), el que te hace sí o sí abrir la cabeza. Porque las cosas, si no son un poco deformes, poca gracia tienen. Porque el arte NUNCA debería estar atado a la rigidez, un principio que podrían haber inventado los Fishbone tranquilamente. Disculpen la obvia devoción que me surge al hablar de esta gente. Yo no creo en los purismos, hay cosas que gustan más o menos, pero no por eso son buenas o malas ¿no? Bien, Fishbone serían los líderes de una religión que pregona la horizontalidad de la música. Y con esa premisa deja en evidencia a un sistema o negocio musical que es injusto y hasta dañino. Lo digo siempre que termino de ver a Angelo, Walter, Norwood, Jay (trompeta y voz), John (batería), Rocky (guitarra) y Paul (teclados), tocando gemas como “Ma and Pa”, “Cholly”, “Everyday Sunshine”, “Sunless Saturday”, “The Suffering” o “Let Them Ho’s Fight”: no puedo perderme ningún show de esta banda cuando me pasan cerca por una simple razón; a mí esta experiencia me alarga la vida. Luego del gig le cuento esa revelación a un cansado Angelo, que pone los ojos en mí y con su sonrisa de oreja a oreja, choca sus cinco y responde “A mí se me alarga la vida cada vez que toco una canción de Fishbone”. Cuanto se nota, Angelo, cuanto se nota.

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Franz Ferdinand, Estadio Malvinas Argentinas, 26 de septiembre de 2014.

Los escoceses visitaron por cuarta vez nuestro país y, como es costumbre, estuvieron lejos de decepcionar. La banda liderada por Alex Kapranos se mostró muy enérgica, y, entre saltos, brindó aproximadamente dos horas de puro rock, presentando su nuevo disco Right Thoughts, Right Words, Right Action, editado en agosto del 2013. También hicieron escala en sus más recordados éxitos, entre ellos Ullyses, The Dark of the Matinée, No You Girls, Michael y Do You Want To, infaltables. Como siempre, el frontman interactuó fuertemente con el público, divertido, pero sin siquiera rozar la demagogia. Por su parte el público respondió extasiado a la propuesta de la banda, en un Malvinas Argentinas repleto, que estalló definitivamente al oírse los primeros acordes de su himno Take Me Out y en el cierre con This Fire. Firmes en su estilo, los shows de Franz Ferdinand son una alternativa que no falla, asegurando dejar a sus espectadores en un estado que sólo puede definirse como saciedad post-punk.

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Damon Albarn, Teatro Gran Rex, 6 de Octubre de 2014.

La madurez definitivamente tocó la puerta de Damon Albarn. Luego de, durante años, dar elegantes rodeos a su primer disco solista, enmascarándose en diversos grupos y alias, representando diferentes estéticas sonoras y dando la vuelta al mundo de la música con su siempre irreverente cara de teenager terrible de la periferia urbana británica, el hombre, el ser ya crecido, da la cara y lanza Everyday Robots (2014). Ahora su carrera tiene otro sentido. Su personalidad se comienza a percibir de otro tamaño gracias a la responsabilidad que asume en esta etapa: está sólo timoneando el barco. Aquí no tiene un Graham Coxon con quien compartir tareas, ahora no lo ayudan a brillar Dan The Automator, ni Flea, ni Tony Allen. En ese estado de situación se planta en el escenario respaldado por los consistentes Heavy Seas.

Sentado en su teclado, comandando el escenario con su peculiar mezcla de desparpajo hooligan y talante de hijo de vecino devenido en crooner 100% orgánico, Albarn hace y deshace a su gusto. La primera sorpresa es la misma apertura: “Lonely Press Play” experimenta un gigantismo que la deja irreconocible hasta el momento en que el cantante pronuncia palabra. La base es sólida como un camión de caudales y dócil como una gacela. Luego de este comienzo de medio perfil, que más que a la estridencia apuesta a la emoción y la intimidad –el segundo tema fue el corte “Everyday Robots”, reconvertido en una suerte de power trip hop– la fiesta sube de tono cuando aterrizan algunos de los hits que Albarn fue regalando antes de ser un solista de ley. “Slow Country” y “Kids With Guns” de Gorillaz lo sacan del teclado y cubierto de su vestimenta de normcore absoluto, le da otro color a la noche cuando la influencia que The Clash dejó en él se deja ver.

Con un excelente trabajo del guitarrista Jeff Wootton, las revoluciones volverían a bajar con las versiones de “Hostiles” (hermosa aún sin la sesión de cuerdas) y “Photographs (You Are Taking Now)”. Ya se podía ver a un público treintañero conmovido, jugando a ser sentimental y no morir en el intento; viviendo la “emoción Albarn” a tope. Porque ser fan de este hombre es algo sencillo ya que no deja lugar a que sentimientos de culpa por ser su seguidor: Albarn es –entre otras cosas- uno de esos baladistas que no tiene un milímetro de ordinario, parte de una raza milagrosa de la humanidad.

Todo es elegante sobre las tablas, pero los momentos donde las luces seguidoras se concentran en el líder y él saca lo mejor de su voz -que claramente no es la técnica- el teatro directamente se derrite a sus pies. Canta con el peso de un bluesman de 80 años del Missisipi.

Acompañado por el arreglo clásico de vientos, en este caso encarado sólo con una trompeta, “End Of The Century” suena tan pequeña e íntima al mismo tiempo que se convierte en una noticia excelente para el seguidor de Blur: ahora se corea este tema con una sensación de euforia interior, profunda, distinta al estallido de pasión que puede ocasionar en manos de su banda creadora. Lo mismo ocurre con “Out Of Time” y “All Your Life”.

Entre tanto, el setlist nos recuerda que en 2005 Albarn formó un súper grupo que quedó injustamente relegado en popularidad. The Good, The Bad And The Queen se hace presente con unas hipnóticas versiones de alto voltaje de “Kingdom Of Doom” y “Three Changes”.

En los bises, la fiesta se desataba con “Clint Eastwood”, el primer súper hit de Gorillaz con el reconocido MC de Ghana M.anifest, y así, cuando el versátil y talentoso guitarrista/bajista/bailarín Seye se calza el ukelele y un coro gospel entra al escenario, todos saben que es hora de “Mr. Tembo”, que en vivo toma una dimensión extracurricular. “Heavy Seas Of Love”, es la despedida en plan misa de Harlem. Sonidos espirituales jugando al pop y ganando por goleada.

Una ocasión de lujo terminaba. Damon Albarn finalmente mostraba lo más reservado de su personalidad musical en un evento destacable en cualquier agenda.

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Queens of the Stone Age, Luna Park. 2 de Octubre de 2014.

Queens Of The Stone Age volvió a Buenos Aires para cerrar un ciclo. En su añejo derrotero de visitas a esta ciudad pasó por varios festivales donde supo engrosar su base de fans locales para culminar ayer ese in crescendo en el mítico Luna Park a tope de concurrencia.

De aquella banda que tocó en 2001 ante un puñado de privilegiados en Cemento, Homme es el único sobreviviente humano de la banda, la otra sobreviviente es no material y es esa actitud tan personal que este colectivo lleva al frente. Eso sí, la actitud se viste de seda en algún momento, atenuada por un repertorio menos extremo en cuanto a lo “ruidoso”.

Quien siga al grupo desde sus comienzos , extrañará aquella peligrosidad latente que el ex bajista Nick Olivieri dispensaba sin filtro. Una vez más, disminuida por un repertorio más fácil de escuchar, la peligrosidad de Homme y los suyos sigue presente, disfrazada sí, pero de presencia innegable. Prueba fiel de esto es la versión de “Millionaire” -originalmente con Olivieri desgañitándose en las voces-, con la voz susurrada de Homme que no por eso hace ver al tema como menos amenazador, simplemente te lleva al mismo lugar que antes, pero por otro camino. “Smooth Sailing”, es otro perfecto ejemplo de esto. Con una puesta en escena sencilla, la banda tuvo una respuesta total de sus fans. Todos magníficamente enfocados, atomizados de energía muy bien direccionada, sobre todo el talentoso Theodore, quien no deja caer la intensidad en ningún instante del show, con una combinación de técnica y fuerza -¿o ya es salvajismo?- impactante.

Quizá se pueda pensar que el setlist elegido peca de “baladístico”. Quizá se pueda reclamar la escasa presencia de temas del primer disco. Está claro que puede no gustarle este show a todo el mundo, pero lo que es difícil de negar es que Queens Of The Stone Age es una banda seria, solvente y única. ¿Se podría pensar que son el último grupo de hard rock en convertirse en grande? ¿Por qué no?

El vuelo que el grupo propone a lo largo del concierto es enfermizo, caótico y noisey, pero también es placentero y de algún modo, bellísimo: “Kalopsia” traduce este descifrado. Una estrofa que hace pensar en que la sensibilidad de Richard Hawley se apoderó del corazón de Homme y un estribillo que imaginamos fue directamente extraído de alguna canción que Queen y David Bowie (ambos en esteroides) nunca grabaron. Luego de los bises con “Mexicola”, la única representante de su primer disco a pedido del público, y “A Song For The Dead” todo parecía haber explotado. Los muchachos saludaron largo tiempo en el escenario y los miles de protagonistas del furioso pogo desatado de a momentos se abrazaban entre las humedades del sudor y la emoción.

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