“GRACIAS DIOS POR HABERME PERMITIDO SER SHAPER”

Con esa frase como carta de presentación comienza la breve recorrida por el taller de Rufus Surfboards, quien con la pedagogía de un maestro revela las claves de su arte sagrado, a menudo profanado por la mecanización de la técnica. Luego, en el taller de Tablas Conosur, ambos en el barrio Playa Chapadmalal, Steve afirmará que la energía del shaper da vida a la tabla aún “cuando la teoría dijera que no debería funcionar”.

Texto: M. Paula Wagner

Fotos: Ernest Niethardt.

Fuente: Gravedad Zero Mag 43

Los intelectuales de la teoría crítica cuestionaban lo que ellos llamaban la industria cultural en auge tras la II Guerra Mundial, que apuntaba a masificar y estandarizar la producción artística. De esta forma, decían, la obra de arte perdía su “aura”, su esencia, y con ello su poder de liberación. Si pensamos a la tabla de surf como la creación libre de un artista, como un objeto sagrado que habla de quien la cabalga y de quien la diseña, su valor trasciende lo instrumental y se convierte en un verdadero hecho artístico. La obra cobra vida y posee un alma.

“Hay una ola para cada tabla y para cada surfista; lo más importante es que encajen todas las piezas: hacerle una tabla especial al surfista para la ola que va a surfear, para las condiciones del mar, y de acuerdo a su propia práctica por eso es mucha la información que necesitás para que salga el producto ideal”, afirma Steve Wilson, shaper, surfista y responsable de Tablas Conosur que hace treinta años instalaba su taller, a pulmón, en Playa Chapadmalal, al sur de Mar del Plata.

Como un alquimista que busca la fórmula exacta para convertir metales en oro, el experto explica que para hacer una buena tabla hay que tener en cuenta varias cosas de parte del shaper: conocimiento, experiencia, y mucha información (contextura física del surfista, habilidades, lugar donde va a surfear) pero también un poco de intuición. “Es importante saber ver detrás de lo que dice la persona porque quizás no surfea lo que relata”, asegura cual psicoanalista.

Para Steve, la tabla tiene vida; “hay shapes que a lo mejor a nivel teórico no deberían andar pero sin embargo funcionan –se asombra- por eso yo siempre pienso que las cosas artesanales cobran vida, absorben la energía que le transmitió el que la hizo”.

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Rufus Henderson, vecino de Steve y alma mater de Rufus Surfboards, considera que lo ideal es que el cliente haya tenido una mínima experiencia alquilando una tabla, y en base a ello ver “si se le puede hacer un tabla un poco más corta o si le conviene hacer algo más largo y flotador, y a medida que va mejorando el nivel va perfeccionando y refinando el modelo que mejor le funciona a esa persona”. Y como en el surf dos más dos no siempre es cuatro, aunque la tendencia habitual es que a mayor nivel más corta la tabla, “hay tipos que por más que tengan muy buen nivel les encanta surfear con un longboard; es como al que le gusta manejar una Ferrari o un Cadillac modelo ‘60”, ilustra Rufus y asevera que “la tabla de surf dice mucho de su dueño, de su personalidad. El que cae con una tabla de una quilla sola, fijo que va a ser un tipo medio bohemio, más soul surfer, y al que te cae con la tablita más profesional, seguro le gusta más el surf más radical”.

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La máquina de hacer surfistas

Como denunciaba la escuela crítica, la tecnificación y la producción en serie de la obra de arte, hizo que ésta perdiera su “aquí y ahora”, aquello que la volvía única e irrepetible y una forma de resistencia a la dominación capitalista que del mismo modo reproducía objetos para el mercado como sujetos para su consumo. Así el marketing creado en torno al surf que va desde los accesorios hasta la competencia entre los propios sponsors; la masificación del deporte y la industrialización de las tablas, propios de la década del ‘90, negó a este instrumento la exclusividad que le daba el ser un objeto artesanal, adaptado a los usos y costumbres de cada surfista.

Cuenta Rufus que luego de que los surfistas profesionales CJ (Clifton James) y Demian Hobgood se consagraran campeones con las tablas artesanales de Bill Johnson, de Teqoph (Despegar) Surfboards, otrora backshaper de Rusty y Merrick, éste adquirió tal fama mundial que decidió comprarse la máquina para shapear atento a la gran demanda que recibía. Un año después, Johnson declaraba que “me di cuenta que con la máquina le perdí el entusiasmo a shapear, la máquina lo hacía por mí, entonces la vendí y hoy soy feliz, sepan todos que si se compran una tabla shapeada mía está 100% hecha a mano”, anunció.

“Sin tener la mente tan cerrada de decir que la máquina aniquila lo artístico, el shaper que se compra la máquina se enfoca demasiado en la parte comercial y abandona la parte artística, pierde el placer de shapear con tiempo”, asegura el shaper tigrense, localidad donde dio sus primeros pasos en la escultura del foam, al tiempo de desmentir que las tablas hechas a máquina resulten prefectas. “Es una falacia absoluta, no te garantiza nada, te puede moldear 500 tablas mal hechas porque repite el error una y otra vez”, aclara.

Steve es más concesivo con las facilidades que brinda la tecnificación ya que para él la máquina es una herramienta más de trabajo que permite que si un shape le anduvo bien a un surfista y se le rompe la tabla, el diseño pueda ser clonado. No obstante, agrega, esa tabla carece de ese plus de energía personal que le da su creador.

Cultivadores de un sexto sentido que los inspira a alcanzar la tabla soñada para cada surfista, ambos sienten que el diálogo y el contacto directo con el interesado es una ventaja que mantienen frente al mercado de los surfshops. “En un local de surf es muy probable que no le den en el clavo salvo que te atienda un tipo con mucha experiencia que pueda asesorarte bien, en cambio las tablas personalizadas siempre funcionan mejor”, afirma el dueño de Conosur, porteño de nacimiento y chapadmalense por opción.

Jugar en primera

En toda actividad que se emprende la búsqueda de la auto superación guía el destino de los sujetos. Los críticos buscaban trascender mediante la reflexión constante sobre lo establecido, una realidad que se había vuelto irracional en las puertas de los totalitarismos europeos y la naturalización de la muerte. El arte, entonces, manifestaba su descontento quitándole el velo a un mundo de apariencias.

Trascender es querer alcanzar la perfección para luego abandonar las presiones de lo mundano y consagrarse a la libertad. Y a menudo, cuando las reglas las pone otro, la perfección suele jugar en primera.

“Para mí el desafío máximo era hacer la tabla más eficiente para un campeonato, para el mejor pro, y hasta no lograr hacer una tablita que ganara campeonatos bajo los pies de Agustín Bolini, el mejor surfista de Miramar, por ejemplo, era una obsesión”, narra Rufus, veinte años después de haber hecho su primera tabla –la segunda en su haber tras haber comprado la primera en Brasil- con planchas de poliuretano expandido que se usaban para aislación térmica en las casas porque el único foam que se conseguía, importado de Estados Unidos y Sudáfrica, escaseaba en el país.

“Porque una tabla pro finita es mucho más sensible a cualquier pequeño cambio en el shape entonces tolera muy poco margen de error. Hacerla tenía que ver con probarme a mí mismo que yo podía porque hasta no lograrlo, todo shaper tiene su inseguridad, sus dudas, sus miedos, ¿seré realmente un buen shaper o seré uno más?”, se interroga.

Sin embargo, es el otro quien dirime las propias dudas al punto que la crítica juega un rol central en la definición de uno mismo. “En una época –recuerda Steve- tuve un socio al que le hicimos una tablita muy liviana que se llevó de viaje al norte de Brasil. Allí un amigo en común le presentó a Jojó de Olivença, campeón nacional y muy bien rankeado mundialmente, quien al ver la tabla se la pidió para probarla. El pibe se metió al agua y no salía, dicen que la rompía; encima era muy raro que un profesional pidiera una tabla sobre todo siendo el campeón”. Al día siguiente, Jojó lo llamó a través del amigo para comprársela, “imaginate para mí, que hacía algunos años que laburaba pero estaba acá, muy lejos de lo que es el circuito profesional, que el líder del circuito brasilero te comprara la tabla era increíble”. Luego la tabla apareció en revistas de surf con la punta pintada y los logos que lo esponsoreaban porque no podía mostrar otra marca pero “fue sorprendente”, rememora el argentino.

Conosur siguió repitiendo ese shape y aunque no tuvo éxito comercial “a nivel personal me dio una seguridad que después puede venir cualquiera a hacerte una crítica y la tenés que tomar con pinzas”.

“La posta es que un surfista de altísimo nivel te diga: che, ¡qué bien que anda tu tabla!. Esa sería la palabra autorizada que te dice que algo estás haciendo bien o que no te equivocaste de vocación”, dice Rufus como si ése fuera el diploma que certifica que querer es poder.

Alcanzar lo sublime

Alcanzada la perfección, y los halagos que la certifican, el próximo paso será llegar a lo sublime. Aquello que no se ata a reglas impuestas, miradas ajenas ni niveles de competición sino que se sublima en el espíritu mismo del acto de creación.

“Cuando lográs escalar el Everest te relajás, te alejás un poco del circo y del ego y empezás a disfrutar de hacer tablas más artísticas con quillas fijas de madera, resinas pigmentadas, como una verdadera obra de arte, no como una tablita descartable que va a usar un pro dos meses y listo”, se entusiasma el responsable de Rufus Surfboards, también anfitrión de su surfhouse, una propuesta de hospedaje a pocos metros del mar que le permite balancear sus gustos personales con los costos de vivir.

Del mismo modo, asomado al taller de Steve, el Surfcamp Conosur, ofrece alojamiento para los surfistas amantes de la naturaleza y de los swelles que aparecen con los primeros rayos de sol. “Un pequeño pedazo de paraíso”, como lo describieron unos canadienses que lo descubrieron recorriendo la costa argentina y que se terminaron quedando allí más de un mes.

Steve prefiere estar alejado de la carrera de ver quién vende más tablas, o de ir detrás de los campeonatos de tabla corta. Equívocamente, este modelo de tabla es la más buscada aún en quienes no poseen las habilidades para cabalgarlas, “por moda, vienen creyendo que la tri-fin es la que va porque es la que usan los pro y creen que ésa es la que hay que usar y no es así, la que usás para divertirte tiene que ser otra tabla sino perdés el tiempo en el agua”. Una opción sería la tabla retro como la fish o single fin: tablas con más área, pensadas para divertirse y deslizarse más en la ola.

Rufus celebra la apertura que se generó en el mundo del surf a partir de los shapes alternativos. Hoy por hoy se fusionan shapes antiguos, retros con toques modernos, se hacen tablas con una quilla o con cuatro, son tablas raras, explica, a lo que él añade como valor agregado su impronta personal. “Me gusta decorarla porque la tabla es un objeto muy estético, es como una escultura funcional, para algunos la tabla es algo sagrado”, concluye, no sin antes agradecerle a su dios que le permitiera ser shaper.

 

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