El llamado de la montaña

Establecido en Suiza hace muchos años, Javier Procaccini sintió allá a lo lejos el llamado de la Patagonia. Viajó desde el verano europeo al invierno argentino para vivir una estadía entre viejos amigos y sesiones de snowboard mágicas.

Fotos y textos: Javier Procaccini

Dicen que son ciclos de siete años. Y fueron esos los años que estuve fuera de Argentina. ¿Y por qué me fui? Son varias las razones o excusas, pero quería vivir en las montañas (por ese entonces vivía en Buenos Aires). Y hoy vivo en el valle de Engadina en Suiza, un lugar que conocí cuando era más joven y se convirtió en mi hogar. Y es el hogar de mi hijo también.

Andee Barroso Las Leñas

Fue recién ahora que pude volver o quise volver. Después de siete años me tomé el verano libre, (verano en Europa, invierno en Sudamérica) es decir, que no me puse a trabajar de cocinero, camarero, obrero, o de lo que sea, para pagar mis cuentas. Tenía algo ahorrado y me dije, este año vuelvo, quiero ver mi Patagonia querida.

Llego a Buenos Aires, pero solo para seguir de largo, quiero estar en Bariloche.

Hay amigos que son para siempre. Son ellos los que te mantienen unido a tu pasado, que se acuerdan de cosas tuyas que uno ni se acuerda. Que no importa el tiempo o la distancia. Que no juzgan tus acciones, sino que las apoyan, que no dan consejos, que son pares sin competencia.

Volver a verlos da más sentido a todo.

Y casi sin darme cuenta estaba mirando las agujas del Frey. Después de tanto tiempo, seguían ahí, como las dejé, imponentes. Y teníamos las condiciones para disfrutar de sus bondades, sus nieves vírgenes y frescas. Una vieja conocida me regalaba su poder otra vez.

Atravesando glaciares en tronador

Asados, buena gente, ricos vinos, tierras grandes, pero poca nieve y con un calorcito fuera de lo común dominaron los días siguientes del mes de agosto. Así que no me voy a quejar.

Pero algo teníamos que hacer. Sabíamos, gracias a la tecnología de hoy, que nevaría algo en Las Leñas. Con coche alquilado nos fuimos con mi amigo Malevo por la ruta 40. Es esa soledad de las rutas argentinas, sus paisajes, sus rectas interminables, ese espacio que te abre el pecho como si te diera vértigo lo que más extrañaba.

“Las Leñas”. Es conocido por su fuera de pista, llamémoslo “freeride” de ahora en más, de alto nivel, vienen esquiadores y snowboarders todas partes del mundo para gozar de sus cualidades. Lástima que de la infraestructura no se pueda decir lo mismo, ni de sus administradores o dueños. Y casualmente parece ser la misma política en otros centros de esquí en la Argentina, concretamente el de “Catedral Alta Patagonia”.

Javier Procaccini

Pero no estoy acá para hablar mal de nadie, pero cuando no existe colaboración ni interés de su parte por mejorar o tratar de brindar hospitalidad a quienes pueden dar una mano, por ejemplo haciendo esta nota, tampoco merecen que se hable bien de ellos.

De todas maneras haremos nuestro trabajo, y apasionados del freeride seguirán yendo a disfrutar de su naturaleza. Porque por suerte para ellos es abundante y poderosa, nada mas que decir respecto a eso.

Nos encontramos con otros hermanos de la montaña, Andee Barroso, Nicolás Fuentes y Tomas Materi para unir fuerzas y llegar a lo más alto de Las Leñas donde parecía estar la verdadera “papa”.

Solo por encima de los 3000 y tantos metros teníamos lo que estábamos buscando. Un día trepamos al “torrecillas”, al día siguiente “entrerrios”.

Malevo, Indy.
Paso Pehuenche

Corto pero intenso fue nuestro paso por Las Leñas . Despedimos a nuestros amigos que tenían otros planes en Chile, mientras Malevo y yo seguimos nuestro instinto explorador al escuchar hablar del “Paso Pehuenche”.

Nos decían, “no los van a dejar pasar, el paso está cerrado, hay mucha nieve en la ruta, la ruta está en construcción..” y más cosas de tinte negativo.

Es un paso a Chile al sur de Las Leñas, antes de Caviahue, que aparentemente estaba cerrado en el invierno. Pero teníamos que ir igual.

Al llegar a la frontera tuvimos que detenernos en el control de gendarmería. Explicamos nuestro deseo de explorar y documentar las posibilidades de freeride en la zona. No sé si les caímos simpáticos o locos, pero nos dieron su aprobación con la sola condición de reportarnos al reingreso a la argentina, por un tema de seguridad.

Nos abrieron la barrera y fue como entrar en otra dimensión, hasta nuestro coche se transformó en una 4×4. Mirando por nuestras ventanas descubrimos una zona con posibilidades en el medio de la nada o de todo, entre las dos fronteras. Paramos ahí mismo. Preparamos nuestro equipo y comenzamos nuestro ascenso. La idea de subir a un lugar que nadie había pisado antes ya nos convertía en una especie de Marco Polo. Y ahí estuvimos; simplemente excepcional.

Esa noche dormimos en el puesto de Graciela. Una señora que vive en su casita con piso de tierra y sus animales al pie de la cordillera de los Andes. Una persona como las de antes, de otro tiempo. Le pedimos permiso para armar nuestra carpa debajo de unos árboles, ella nos asó una carne y chorizos que compartimos en una noche tan clara y cristalina como nunca había visto.

Al día siguiente después de tomarnos unos mates y pan casero con ella, encaramos la vuelta a Bariloche.

Solo deseaba una buena nevada en Bariloche. Los días pasaban rápido, con más asados, aventuras a caballo, offroad en camioneta, cervezas artesanales, buenas compañías… esto es Argentina.

“Tus deseos son órdenes..

y me sentí poderoso,

porque un día nevó

..y doy gracias por ello.”

Me desperté bien temprano, no podía seguir durmiendo, era de noche todavía y llovía. Vivíamos en la casa de nuestro amigo “el sueco”, en el km 12 al borde del lago, por eso llovía. Pero algo me decía, hay que subir que seguro está nevando.

Las nubes cubrían todo a nuestro paso, pero la lluvia se transformó en nieve apenas subimos al Cerro Catedral.

Podría decir que fue el mejor día, aunque fueron varios al final. Compré el pase y apenas antes de subir en la aerosilla nos encontramos con nuestros amigos Santi Miglio, y Merlin Maler. La primer parte de la mañana apenas se veía algo, pero no importaba, la nieve era perfecta. Al rato se abrió el cielo para regalarnos unos rayos de sol, y quedamos iluminados.

Después de un día así no podía pedir nada más, parecía la cereza del postre, el perfecto final. Pero había mas. Teníamos otro plan.

“El Tronador”

Una mezcla de curiosidad, mucha intriga, algo de temor, respeto, y aventura, hacia una montaña/volcán con glaciares e historias que me hacían sentir mariposas en el estómago ¿estaría preparado para esto?

El grupo estaba bien preparado, guía de montaña, Leo Florenza (refugiero del Paso de las Nubes en el Tronador), “el Vasco” (refugiero del Frey), Iñaki y Lula (andinistas con experiencia en el Tronador), Lucas Swieykowsi “el sueco”(freerider experto), Stefan Schlumpf (alpinista- fotógrafo suizo reconocido), Juano Eme, Malevo Meier (freeriders jóvenes con experiencia) y yo (el veterano).

Con la mochila armada, con grampones, piqueta, bolsa de dormir, pala y material de rescate, algo de ropa, comida y agua, splitboard, pieles y bastones, que en total no pesaba poca cosa, ascendimos por la picada hasta el primer refugio “Otto Meiling” después de unas cinco horas.

Tomas Materi “Torrecillas”

Llegar ahí fue todo un triunfo para mi, la nieve estaba fresca, el polvo había caído el día anterior. El plan era descansar bien esa noche, recuperar fuerzas, y a la mañana siguiente subir hasta el glaciar durante dos horas más, para luego hacer una linda bajada hasta el otro refugio “El Paso de Las Nubes”.

La noche pasó en un instante, con mucho viento que sacudía el refugio como si fueran terremotos. Al día siguiente el grupo se dividió, Lucas y Stefan querían hacer el pico argentino. Salieron todavía de noche porque tenían otras cinco horas de subida y todavía con un viento impresionante (algo muy técnico y desgastante, pero ese era su plan).

El resto del grupo siguió el plan con rumbo hacia al refugio “Paso de las Nubes”, pero el viento había transformado la nieve. Iñaki, Lula y el Vasco decidieron volver al “Otto Meilling” por una lesión de Iñaki en su pierna derecha (una lesión que tenía de antes, que no mejoró).

Mientras, nosotros seguíamos con nuestro objetivo y surfear un poco. Pero una nube espesa cubrió todo el glaciar y no veíamos absolutamente nada. Nos quedaba solo esperar hasta que se disipara para poder ver la dirección correcta.

Al final, después de un par de horas la nube se abrió, y pudimos hacer una bajada en nieve ya transformada por el calor que hacia; igualmente la disfrutamos y estuvimos contentos al llegar al refugio. Era como un oasis en el desierto, hasta había agua caliente, y electricidad.

Un refugio de lujo en un lugar espectacular. Y las posibilidades de freeride en la zona son enormes, solo hay que tener mas tiempo, pero yo no contaba con eso, ya que mi vuelta a Buenos Aires era en un par de días.

Al final la experiencia fue impresionante, una experiencia que te llena de humildad y aprendizaje. Nos adaptamos a la situación constantemente, sin problemas ni accidentes, todos a salvo y contentos de haber vivido el Tronador en toda su belleza y majestuosidad. Para mi fue un gran logro que nunca pensé poder hacer.

Mi viaje por la Patagonia había terminado, me quedaba volver a Buenos Aires, encontrarme con familiares y viejos amigos para festejar mi cumpleaños.. y tomarme el avión ¿a casa?

 

 

 

 

 

 

 

 

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